El diablo sabe más por viejo


Es una lástima no escuchar a los que saben, y si sabrán que parecen brujos que predicen exactamente lo que va a pasar, con solo mirarme a los ojos mientras merendamos puede ver cosas que ni yo mismo veo.

El que no entiende soy yo, “que me vas a decir vos sobre como debo yo vivir mi vida”, poco después, “y tenía razón el viejo loco”. Porque cuando me creo el señor, me la doy de sabelotodo, pero se cae de maduro que aunque sea cabeza dura, si me choco una pared me voy a lastimar.

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Situación Insostenible


Será que callo para no molestarme?
Yo no soy filósofo, pero revuelo las ideas antes de decir lo que mañana me puede llegar a callar, y de equivocarme diría que pediría perdón, que debería retractarme, negaría el orgullo, pero en mi garganta habría un nudo frenando mis disculpas, esperando a mi cabeza conseguir una idea que no me deje como un perdedor o un mal perdedor.

La vida es un instante


Un bloque sobre una cuerda,
El vacío hacia arriba y hacia abajo,
Pasa el tiempo y el equilibrio flaquea,
Se afloja y se tensa, se estira,
Tambalea de un lado al otro,
Trapecista, hueco y concreto,
Una pila de bloques crece y se tuerce,
No mires hacia abajo,
No te distraigas con lo de arriba,
Cada vez pesa más, cada vez más.
Ves como los hilos se desatan,
Suicidas que abandonaron su causa,
Te abandonaron.
Te descuidas y te ganó el tiempo,
Indicios del delito en la memoria.
Esporas de recuerdos viajan en el aire,
Te llegan y las consumes mil veces,
Mil veces como si fueran una sola,
La miseria y el dolor,
Suponen que los cargas,
Quizás, pero no estas seguro,
Senil, incomprendido, viejo.
Un día sí, otro día no.
Aún queda algo, y lo entregas,
Para qué me serviría guardar algo que puede que mañana no tenga dueño.
Nulidad, vacío, luz, adiós.

A tu regreso


Has ausentado al otoño y has vuelto en primavera, trajiste la lluvia de los ultimos meses que me ahogo en emociones acumuladas.
Niegas haberme conocido en verano, fueron fuego tus palabras, que de día nacen y perduran en la noche.
Invoco al infinito del cielo estrellado, que baje una chispa a encender tu mirada.
Abstienes la fuerza, la furia y aprietas la lengua bajo la prensa de tus dientes.
Avanzas, acechante avanzas, miras el vacío del entrecejo de mi frente, esquivas mi mirada en tu mirada, ciegas en mí el instinto por frenéticos impulsos de tormenta por estornudar truenos, inesperados.
Sigues por mi costado y no te detienes, el viento nunca lo hace. Chirría en un silbido detrás de las paredes, el viento me lleva a seguir su voz, un susurro al oído.
Te encuentro descansada sobre el suelo, los ríos en los que nadas son muy rápidos y peligrosos. Pero con nosotros encontramos la suerte, y la suerte nos acompañó hasta el lugar donde escondidos habrían de olvidarnos.

Transición


La frontera del mundo la llamaron; también el horizonte; a su vez el más allá. Pero caminando hacia el final, no encontré ninguno de ellos. Al menos nada que se les pareciera.
¿Será que los grandes pensadores se habrán equivocado? ¿O habrá sido el miedo? El miedo romántico de algún poeta que descubrió que al final no hay final, que no existen límites para las fantasías, ¿O será que yo aún no he encontrado ese final? ¿Me estará faltando algo?
Supongo que para cuando suceda, habré dejado escrita mi versión del mundo. Si encuentro la frontera del mundo, me entregaré a su nueva dimensión y lo que vendrá después.
Quizás allí estén esos locos como yo, también buscando nuevas fronteras que cruzar.

El duende que tiro un jarrón


Restos de mí quedaron esparcidos sobre el suelo, algunos por detrás, otros escondidos por mi sombra. Partes de un jarrón de cuerpo frágil que se tatuó la historia de ayer en diseños florales que delineaban figuras de mi memoria, desde aquel sol saliendo por primera vez y la marca que dibujaba con mi vida el día de hoy. Se resbalaba mientras lo tenia descuidado detrás de mi espalda y golpeó de costado, el polvo y los quebradizos pedazos de la porcelana, el sonido estridente y seco que me hizo volver la vista atrás. Sorprendido, muevo el estante de donde estaba el recipiente, la lluvia, el sol y todas las estaciones que estaban guardadas en ella y vi, inspeccionando, las marcas de un duende ladrón, sus huellas embarradas por detrás del sillón, volví a ver el desastre que yacía desparramado frente a mis pies. Con una escoba y con cuidado guardé los restos en una bolsa de consorcio, de esas comunes, dolía escuchar el crack y el click de los trozos que aún mantenían un tamaño moderado, como del tamaño de la palma de mi mano o más pequeños.
Los duendes roban la memoria, pero hacen daño, rompen lo que tocan aunque sea sin querer. Pero son invisibles y no habré de cazarlo jamás.
Y aunque no es siempre, ellos aparecen siempre que me doy la espalda a mi mismo. Será para que vuelva la vista atrás.