Hoy escribo: “Del comienzo del Absoluto y de las hermanas del Lóbrego”

Erase el silencio en plenitud y nada más allá del infinito cual se encerraba para su propia existencia, de la que no era consiente, pero allí estaba; primitivo. El brillo de la luz y el contraste de la oscuridad se fundían en un inquebrantable fondo cual se sumergía en un manto sosegado. Me retrae a la idea de estar en el vientre de una madre que no supone que estoy allí, y que es su ignorancia yo no soy nadie, no existo. Nada podría entender el silencio cuál ocultaba el desorden de su vientre, aturdido en la confusión, esperando en secreto, pero ya no más. La afasia que sostenía, calmaba y recorría todo, se esfumó en cuanto un llanto se expandió con fuerza y separo la luz de la oscuridad así como el agua y el aceite también lo hacen. En un instante, todo quedó en completo desorden. Y a causa de aquel llanto, del silencio que cuidaban, despertaron las siete hermanas del Lóbrego, pero no dieron la cara, porque donde ellas habían estado pacientes hasta ese momento solo conocían la obscuridad, y quisieron enseñar al grito a callar, para volver a su lugar y seguir en su sueño eterno. Entre ellas solo conocían sus nombres, y allí estaba Unade, la más grande. Las hermanas se encargarían de devolver todo a cómo era antes. Entre todas podían comprender cual tarea debían cumplir, pues todas provenían del mismo vientre, de las sombras y del silencio. Aunque Unade era la más grande, Élidia era la más poderosa entre ellas. Tanto así que cuando se interponía sobre la voz, podía atenuar su rudeza. En la conciencia de las hermanas se había despertado una inquietud, algo que nunca hubieran sentido jamas, las distraía y las molestaba. Y la voz sólo lloraba y cada vez que le tapaban el llanto, se volvía más y más fuerte. De la conciencia de las hermanas sólo brotaba una última idea y desbordaba el infinito de sus cuerpos de malos pensamientos. La frustración y la impotencia les colmaron el ser, y del Lóbrego llamaron a las sombras. Fue Élidia quien  se comió a sus hermanas y a las sombras que acudieron a ella, y de ella despertó Ambart, la sombra eterna. Sus miles de ojos ciegos y sus miles de bocas mudas estaban llenos de furia. Ese sería el final y no dejaría rastro de la voz, la consumiría y en ella quedaría sólo silencio y oscuridad. Fue cuando estiró sus sombras como brazos interminables para envolver aquel ser que tanto la molestaba.

Y fue el silencio, pero no fue lo mismo. Ambart no volvió a ser la primera sombra como antes, algo había cambiado. De sus ojos cayeron lágrimas que flotaban en la oscuridad y se esparcía en el infinito. De sus bocas empezaron a salir sonidos y de ellas explotaban partículas que seguían a las lágrimas. El cuerpo amorfo de Ambart se retorcía y de ella se escapó un grito de dolor, y fue la primera vez que sintió aflicción. Su voz fue la más temible e imponente. Ambart se empezó a desarmar hasta que las siete aparecieron ahora con rostro, y aquel rostro pertenecía a un cuerpo, y ahora podía sentir, ver, gritar, oír y oler. Pero no sólo ellas aparecieron, ahora había un niño parado frente te a ellas y las miraba atento, y en cada parpadeo el niño crecía como si ellas estuvieran congeladas en el tiempo. Él podía saber que era lo que pensaban, él estaba en todo lo que ellas y aun mucho más. Cuando se movió, miró tan lejos que ninguna de las siete podía saber a qué estaba dirigiendo la mirada. Entonces hablo y ellas no pudieron decir nada. Cuando terminó, el fin de los tiempos y del espacio había fijado fecha y hasta su culminación, él sería quien tendría control de él mismo y de todo lo que existía. Sin embargo las seis hermanas no le entendían y querían volver a cómo era antes, pero sus cuerpos no eran libres de seguir sus ideas. Fue desde siempre su intención, acabar con el Absoluto y con todo lo que ya no era oscuridad, aunque no pudieran esconder sus intenciones, y desde ese entonces fueron y serán solo figuras esperando el final.

Los primeros hombres escribieron que en el cielo, cuando el sol se escondía al final de la tierra, solo siete estrellas brillaban. Pero esas estrellas cayeron de lo alto y en la estela de su viaje, dejaron pequeños rastros, miles de estrellas que no se borraban al pasar el tiempo. Y aunque los hombres murieran, ellas seguían allí expectantes de lo que pasara en la tierra.

eagle-nebula


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