El duende que tiro un jarrón

Restos de mí quedaron esparcidos sobre el suelo, algunos por detrás, otros escondidos por mi sombra. Partes de un jarrón de cuerpo frágil que se tatuó la historia de ayer en diseños florales que delineaban figuras de mi memoria, desde aquel sol saliendo por primera vez y la marca que dibujaba con mi vida el día de hoy. Se resbalaba mientras lo tenia descuidado detrás de mi espalda y golpeó de costado, el polvo y los quebradizos pedazos de la porcelana, el sonido estridente y seco que me hizo volver la vista atrás. Sorprendido, muevo el estante de donde estaba el recipiente, la lluvia, el sol y todas las estaciones que estaban guardadas en ella y vi, inspeccionando, las marcas de un duende ladrón, sus huellas embarradas por detrás del sillón, volví a ver el desastre que yacía desparramado frente a mis pies. Con una escoba y con cuidado guardé los restos en una bolsa de consorcio, de esas comunes, dolía escuchar el crack y el click de los trozos que aún mantenían un tamaño moderado, como del tamaño de la palma de mi mano o más pequeños.
Los duendes roban la memoria, pero hacen daño, rompen lo que tocan aunque sea sin querer. Pero son invisibles y no habré de cazarlo jamás.
Y aunque no es siempre, ellos aparecen siempre que me doy la espalda a mi mismo. Será para que vuelva la vista atrás.

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