Empedernido a dañar, magulladuras en el corazón


Nunca peligren la libertad, la amistad y el amor.

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Infecciones, heridas y demás lesiones. Lo que provoca el poder


El poder es un mal con muchos rostros, que infecta el alma, corrompiendo su juicio. El poder es el arma que no quiere  entender que puede hacer daño, siempre se escuda en palabras que condenan al perjudicado y salvan su pellejo, porque no habrá quién se le imponga. Tiene la fuerza. Carga el poder.
Pero esconde su otra parte, la que se somete, porque no sería nada sin alguien por el que funcionar, hay un fin que existe y anhela.
También puede ser posesivo o sumiso. Suele ser repartido, pero nuca lo regalado.
Así es el poder. Un parásito que mata a todos por igual.
¿El fin es morir sin soltar el arma, o morir con él?

Configurando


El equilibrio de una traza infinita, una línea que desaparece en los extremos del horizonte.

Así es la base de la vida, que por defecto está fabricada minuciosamente plana, uniforme, inmutada. Algunos la quitamos del envoltorio, otros les gusta mantenerla guardada en su caja original, como un fanático y sus muñecos de colección.

El efecto ecualizador, el maestro del sonido, las perillas que suben y bajan. Cada paso que pesa en la vida y hundimos esa línea,  y deformamos el espacio. “Todo lo que sube tiene que bajar”. Pero nos gusta peleale a la gravedad y subir luego de haber bajado.

Y es que curvamos la vista para mirar a un costado, saltamos para llegar más lejos, nos sentamos para descansar. Todas son decisiones que nos configuran, todas son fuerzas que nos responden a veces con una caricia, otras veces con una cachetada. Y qué cosa rara, me parece haber recibido menos golpes de los que creo merecer, ¿Arrepentido por algo?, supongo que no, pero habría que ser necio para no aceptar cuántas veces metí la pata.

En fin, es el poder de decidir que hacer, lo que configura nuestra vida, nuestra experiencia. El camino nunca tuvo curvas ni atajos, u otros caminos alternos; no antes de que llegaramos a él. Somos desequilibrados, y nunca caminaremos recto toda una vida. Quizás lo más recto que podamos, pero siempre torcemos el pie (aunque nos duela), y así seguiremos.

Un poco


Un poco no siempre es algo pequeño, un poco es más que insignificante, y suele ser justamente indispensable.
Un poco es lo necesario, es un primer paso, una promesa de que lo que le falta a ese poco, ya va a llegar.
Un poco es mucho, y mucho más de lo que dice en sus palabras.
Un poco es pragmático, que significa que es poco y mucho, al mismo tiempo.
Así se convierte en paradójico, en relativo, en algo incierto.
Algo es un poco, pero también es lo que nosotros podemos cargar, algo no nos llena, pero tampoco nos deja con hambre. Y así ser saludables, solo cuesta un poco.

El camino de las lágrimas


Una lágrima que deja el lagrimal con desconsuelo, yendo tan despacio que parece no querer avanzar, así también va perdiendo su cuerpo, desgastada por el camino que nace entre el pómulo y el costado de la nariz. Dicen que una lágrima se sacrifica cuando salta al vacío, que carga una mochila de mucho peso, pero que tiene tanto miedo a volar que se arrastra lo más que puede antes de brincar.
No todas las lagrimas van por el mismo camino, pero una vez que parten ya no pueden regresar.
Algunas no logran saltar, se las lleva un brazo ladrón, o un dedo asesino. Le llaman ‘limpiarse’, pero solo ocultan la verdad. Están matando una lágrima.
No todos lloran por la misma razón, pero por alguna razón todos lloran.

La hoja que cayó


Si la cuestión es saber por qué la hoja se cae del árbol, aún cuanto quiera resistirse al otoño, ¿Podrá explicarse de alguna manera?

El libro sobre las ciencias naturales que había olvidado desde la secundaria en la repisa de mi habitación me daría algún detalle.

“Las hojas en otoño se caen puesto que las horas de luz se reducen respecto de la primavera, las heladas son más frecuentes mientras más se acerca al invierno, afectando al árbol desde sus raíces, cuales reducen el consumo de nutrientes y …”.

El azote del libro cerrándose y yo ahogándome en incertidumbre.

¿Y eso es poco?, aún sigo sin comprender por qué la hoja se cae del árbol. ¿Será la vejez? ¿Una vida que conlleva al suicidio?

¿Por qué la hoja se cae del árbol?

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Añadido desde Pixabay

Manos que hacen


Las manos, ¿Cuál será su propósito?. Con las manos, al menos una, conocemos el mundo.

La percepción de lo que vemos, nunca sería más real si lo sintiéramos, con la palma de la mano, con los dedos. Pero tampoco es necesario tocar con las manos si se puede sentir con el rostro; un beso en la mejilla. Y sentimos también con los pies; aquella pequeña piedra entre los dedos que tanto incomoda.

Pero las manos tienen más que dar, porque son símbolo de anhelo en el sueño, aquello que llega como un regalo y queremos tomar, o eso que se va y no lo queremos soltar.

También es conocimiento, el arte de la pintura, la música que se interpreta, la tinta en la escritura, el mismo libro que de no ser por las manos quedaría cerrado, desdeñado por la imposibilidad de que los ojos conozcan su interior.

Muchas cosas que se perderían si no fuera por las manos. Aun así, a menester de ellas, no somos inútiles. Me apego a que una mano no tiene un propósito, que un pie no tiene un propósito. Diría que logran ser el qué para hacer el cómo (el medio para el fin), porque para caminar no solo se puede caminar con los pies, o para escribir no solo se escribe usando las manos.

Al menos ahora creo que nada sirve para nada y sirve para todo, quizás no llegues a volar, solo porque tus manos sirven para una extensa lista de cosas, tampoco será posible lo imposible. Son manos, no alas.