Tarde lluviosa


Giré la llave media vuelta antes de forcejear con la puerta de madera. Rechinó en el roce con el marco aferrada por la humedad que le regaló una noche de tormenta.

El aire fresco de la mañana aligeró mi respiración y el jardín aún estaba allí, donde lo había dejado ayer. Con sus flores y sus arbustos, y un colibrí que suspendía su vuelo en un aleteo imperceptible, picando entre los pétalos que abrían en un degradado azul a violeta.

Una sola rosa en el rosal, sin espinas y sin color, mas que un pálido claro. El suelo cubierto con una cama de tréboles, todos de tres hojas, y la maleza que crecía al lado, que se estiraba.

Fuí caminando hasta donde las baldosas viejas, prensadas contra la tierra, hacían un camino sinuoso. Como estaba todo bien, dí la vuelta y regresé, el barro que dejó la lluvia seguía cubierto de agua. Por su parte, la huerta, que por suerte la separaba un escalón de lo demás en el jardín, no se ahogó.

Perfilé frente a la puerta y sentí en el pómulo una gota que pegó violentamente haciéndome pestañear y retirarme un paso hacia atrás. Con los ojos puestos en las nubes, más allá del parral que hacía de techo en un pasillo angosto entre la puerta y el jardín, aviste la tormenta que se aproximaba sobre mi.

Apresuré a entrar y sucedió lo previsible, un torrencial aguacero cayó golpeteando contra el suelo y salpicó hacia adentro obligándome a cerrar la puerta.

Esa tarde, me dormí escuchando la lluvia tras la ventana.

Imagen obtenida de Pixabay

Anuncios

Formas que cambian


Estar vivo tiene muchas formas, y cada forma tiene un significado.

Las misteriosas formas que se transforman en otras a medida que la situación lo hace, da a imaginar que primariamente estar vivo es ser líquido, es amoldarse a un cuerpo, a una idea, es evolucionar. Ese líquido que se desparrama horizontalmente en la superficie, que puede secarse, absorberse, evaporarse, o tomar otras formas.

Así también puede acaecer que encienda el fuego, concentrado en un centro que expande e irradia energía, que consume su fuerza en violentos chispazos. Ser vivo es crecer verticalmente en una columna de emociones, y apagarse lentamente en cenizas abrasadoras que añejan hasta el plateado fin.

Vivir es ser aire, liberarse, viajar sin rumbo, alimentar fuego de otro, vivir es conocer y distanciarse, mantener el cielo despejado, o atraer a la tormenta. Vivir sin dimensión, sin restricción.

Pero también es un golpe, lo sólido de la verdad y la realidad, la firmeza, ser vivo es tierra, es fruto, es crecer y morir, es fértil e infertil. También es ser cauto y responsable.

Hay formas que no pueden verse, o que no se conocen, hay otras que son favoritas o excluidas. Vivir es cambiar de forma.

La balsa


Entonces di el primer empujón, el remo se resistió cuando cargue toda mi fuerza para avanzar. Lo crucé hasta que lo pude sumergir del otro lado y me acomode. Di el segundo empujón, el agua había aflojado un poco y sentí como me movía, ligero, apenas las olas que se formaban con el golpe de remo se perdían a centímetros míos.
La orilla por detrás, había empezado a alejarse cada vez con más rapidez.
Al otro lado, flameaba su vestido floreado. No era verano, ni primavera, pero sus pies estaban descalzos en la arena. Dejé de remar para saludarla de lejos, me sentí tan alegre cuando me respondió a la lejanía del mismo modo.
¿Cuántos rayos de sol quedaban para que se terminara el día?, eso no importaba. El remo seguía batiendo el agua, a un lado y al otro.
Las pequeñas olas chocaban con la orilla, y ahí sentí como mi viaje frenaba. Dejé los remos en su lugar, metí los pies en el agua. Seguía cálida, ahora más serena que antes.
Sus brazos cruzaron mi cuello, sentí un beso (pero fue un instante), luego acarició mi costado. En el ocaso, sus ojos brillaron intensamente como el último fuego en la tierra.
Y como el sol, desaparecimos antes de que la luna apareciera frente nuestro.