Me gusta el que estés aquí


Feliz he de estar, y aunque el cielo sigue gris, tu llegada me hizo olvidar esas nubes opacas. Si llovió no me di cuenta, pero no me importó ya que tú habías llegado. Solo saber que estás aquí, de haberte tenido tan lejos y ahora aquí, cómo no voy a estar feliz.
Hablamos de ti, de mí, también de otras cosas.
Hiciste al tiempo detenerse para descansar, pero no fue lo que pudiste descansar, más bien parecía que soñabas despierta. Y no pude hacer nada más que ver tu sonrisa desde lejos.
Llegué a extrañarte sabiendo que estabas en el cuarto de al lado, y parece mentira que cuando no estás, apenas te sueño.
Para cuando llegue el momento en que nos volvamos a ver, espero poder hacer durar al menos un abrazo lo que el tiempo se toma para llevarte lejos de mí.

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La envidia de la luna al sol


Hubo un hombre que se enamoró del amanecer,

que siempre subía a la terraza para esperar al alba,

y el sol siempre aparecía;

en verano más temprano,

en invierno más tarde.

Pero entonces la luna sintió envidia,

y aunque había quién disfrutaba del atardecer,

y quién gustaba del anochecer,

decidió interrumpir aquella mañana la salida del sol.

El cielo se vio oscuro,

la gran figura opaca se interpuso ante los rayos de luz,

fulgía de un borde rojizo,

y el hombre se vio preocupado,

pensó que nunca volvería a ver el sol,

pensó que había hecho mal,

y que aquello era una advertencia,

entonces volvió a su casa; pequeña, solitaria y apagada.

Poco después, el calor que pegaba en la espalda de la luna la hizo correr,

se sintió satisfecha y realizada.

Aquella noche el cielo se nubló y llovió con calma,

nadie salió afuera, y nadie vio regresar a la luna.

Cuando todos descansaron de la lluvia,

despertaron temprano, con energía, y con ganas de salir,

se abrieron las primeras puertas, y las primeras ventanas,

quienes seguían legañosos, se limpiaron y vieron allí salir al sol,

el sol irradiaba con fuerza,

tanto que achinó la vista de los espectadores,

y fue un día hermoso, simple y hermoso.

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