¿Cómo es tu personaje?


De seguro que en cualquier lectura, en donde se pueda reconocer al personaje que narra, o que es narrado desde un punto de vista externo a él, existe un cuerpo de personalidad más bien trabajado que el aspecto físico. Es decir que los detalles de la manera o los modos de ser del personaje resaltan (o deberían resaltar) más que los detalles de la apariencia. Al menos, es así como lo percibo.

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Decidir si el personaje será rubio, castaño, pelirrojo, si será alto, bajo o mediano, juegan un papel importante, pero no lo suficiente como para generar un encuentro profundo con el lector. Claro que si del personaje que estamos hablando tiene cuatro brazos o una cola, influye de seguro en el tipo de cuento y los gustos del lector en leer fantasía, o ciencia ficción.

Pero en la concepción real de ese ser que viajará por las páginas llevándonos a distintos escenarios, el saber cómo es (cognitiva y emocionalmente) el personaje, decidirá qué caminos tomar (digamos que hasta casi, por inercia). Pues si tiene inclinaciones ideológicas, gustos y disgustos, sueños, metas, etc, entonces el personaje pasa a personificarse de manera que, nos gustará o no, escucharlo narrar su historia.

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Más adelante voy a seguir con el tema, más bien con algunas preguntas: ¿De donde saca el personaje su personalidad?, ¿Qué tan explicita debe ser esa personalidad?

No quiero quitarle crédito a diseñar el aspecto físico del personaje, más bien es algo fundamental, porque un personaje hay que imaginárselo de alguna manera.

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La balsa


Entonces di el primer empujón, el remo se resistió cuando cargue toda mi fuerza para avanzar. Lo crucé hasta que lo pude sumergir del otro lado y me acomode. Di el segundo empujón, el agua había aflojado un poco y sentí como me movía, ligero, apenas las olas que se formaban con el golpe de remo se perdían a centímetros míos.
La orilla por detrás, había empezado a alejarse cada vez con más rapidez.
Al otro lado, flameaba su vestido floreado. No era verano, ni primavera, pero sus pies estaban descalzos en la arena. Dejé de remar para saludarla de lejos, me sentí tan alegre cuando me respondió a la lejanía del mismo modo.
¿Cuántos rayos de sol quedaban para que se terminara el día?, eso no importaba. El remo seguía batiendo el agua, a un lado y al otro.
Las pequeñas olas chocaban con la orilla, y ahí sentí como mi viaje frenaba. Dejé los remos en su lugar, metí los pies en el agua. Seguía cálida, ahora más serena que antes.
Sus brazos cruzaron mi cuello, sentí un beso (pero fue un instante), luego acarició mi costado. En el ocaso, sus ojos brillaron intensamente como el último fuego en la tierra.
Y como el sol, desaparecimos antes de que la luna apareciera frente nuestro.