Limones


Un día, hace varios años, me encontré con una mujer anciana que estaba agachada juntando limones debajo de un limonero a más no poder, tanto así que le costó volver a enderezarse.

Un sentimiento de empatía me llamó a querer ayudarla. La mujer hacía malabares con las frutas entre sus brazos y parecía querer agacharse para juntar aún más.

Cuando me acerqué para ayudarla me indicó que juntara las que estaban en el suelo.Asentí sin más, junté los limones (la mayoría estaban machacados por la caída o viejos por el tiempo) y le pregunté:

-¿Por qué estás juntando los limones viejos del suelo si tenés nuevos en el árbol?

La anciana ni siquiera me miró, se dio la vuelta y marchó. En ese momento pensé que me dejaría plantado con los limones en los brazos frente a su casa, pero entonces regresó (había ido a dejar los limones).

Me dijo algo como:

– Cuando caigan los limones del árbol, los juntaré. Hay que dejar las cosas madurar. Sabes, hay un momento en la vida que para levantarse nuevamente hay que dejarse caer. Siempre vendrá alguien a levantarte.

Y esa fue una tarde que me dejó pensando, hasta el día de hoy.

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El Traidor, Parte3


Tercera parte de “El Traidor”.

Si no leiste las partes 1 y 2 :


 

El adrede viaje de retorno del caballerizo hacia GrassLand se convertía en una insoportable caminata de dolor y fatiga. La herida en su costado se empezaba a cicatrizar, y una incontenible infección nacía a efectos post hemorragia.

A cada paso que daba Sr. Arthur, el oscuro escenario de GreenTeeth parecía hacerse cada vez más profundo. La luz de la luna solo rayaba algunas veces cuando atravesaba el tejado de hojas y la maraña de ramas extendidas a lo alto y a lo largo, sobre la cabeza del caballerizo.

Entre el aturdimiento que provocaba el silencio, el frágil sonido que reprodujo el quebrar de una rama a la distancia, lo puso alerta. Sr. Arthur desenvainó su espada larga y el rozar del filo con la vaina sonó diciendo “Estoy preparado para cortar a cualquiera por la mitad”.

« ¡Sal de ahí maldito traidor! ¡Si crees que vas a matarme, estas muy equivocado! ». El caballerizo no sería tomado por sorpresa.

« ¿Traidor, a quien le dices así? ¿Quién eres y qué buscas? ». Ciertamente no era alguien a quien el caballerizo había escuchado antes, y claramente no era el hombre que buscaba.

« ¡Mi nombre es Arthur Collingwood, Señor Caballerizo de la primera cuadrilla real de vuestro Rey, Sebastian Dankworth ».

« ¿Si eres quien dices ser, qué haría el Sr. Caballerizo en los bosques de GreenTeeth tan lejos del rey? ».

« Podría sincerarme con usted diciéndole cosas que no le conciernen ». El silencio se apoderó del bosque nuevamente.

El caballerizo suspiro descargando la pesada tensión que lo había agotado mientras gritaba.

« Puede ser que le resulte difícil creer en mis palabras, pero necesito que me diga hacia donde está el cementerio del pueblo ».

Una antorcha se encendió repentinamente haciendo un foco de luz sobre las sombras del bosque. Allí, sosteniendo la ardiente llama, un anciano miraba fijo al caballerizo.

« Señor Collingwood, disculpe usted mi falta de respeto, estos bosques son peligrosos y hay que estar atentos. ¿Acaso está perdido? ».

« ¡Puede ser cierto! ». Dijo con cierto cinismo.

El anciano se acercó lentamente hacia el caballerizo.

A pocos metros, se detuvo manteniendo alguna distancia fuera del rango de la espada.

« El cementerio está a unos pocos minutos de aquí, ¿Eso está bien? ». El hombre acercó la luz al costado de Sr. Arthur viendo la herida desnuda, envuelta en una espesa mancha roja.

« ¿Qué cree usted? ».

« No soy médico, pero eso no es nada bueno. Es mejor tratarlo cuanto antes ».

El calor de la antorcha que acercaba el anciano al cuerpo del caballerizo, le provocaba un insoportable ardor que efervecía a lo largo del tajo.

« Le agradecería, pero no tengo mucho tiempo ».

« No llegarías a ningún lado ni aunque te arrastraras. Tengo algo que te puede ayudar, sé de venenos y tu herida delata una leve dosis de cuita diluida ».

Sr. Arthur, miró directamente a los ojos desafiando la voluntad del anciano, reacio a creerle y a abandonar su causa. Pero lo único que obtuvo fue un golpe en la herida que lo hizo caer sobre sus rodillas y de un manotazo, el anciano le quitó la espada de la mano.

« Cargar con una espada tan pesada en tu estado, no te ayudará en nada. Espérame mientras traigo el antídoto ». Mientras el hombre se alejaba, la luz se desvanecía con él a la par de balbuceos incomprensibles.

« Anciano, devuelveme la espada ». El dolor del golpe en su costado le había quitado el aliento.

Sr. Arthur pudo escuchar una puerta abriéndose muy cerca de donde yacía recostado. La luz de la antorcha era un punto que reprimía algunas sombras que retrocedía por unas paredes hasta el marco de lo que parecía la puerta.

El tiempo seguía corriendo y no faltaba mucho para el amanecer, lo que molestaba cada vez más al caballerizo. Pensar en ello lo hacía enfurecer y la tensión le causaba un insoportable dolor que presionaba todo su abdomen.

« ¡Apúrate, anciano! ». Repetía ansioso de lo que fuera que estaba buscando. Trató de acostarse en el suelo, lentamente para no esforzarse demasiado.

El ruido de la puerta arrastrándose sobre el suelo resonó por todo el lugar.

« ¿Caballerizo? ».

« ¡Por aquí!, ¡Aquí! ».

« Ya me había olvidado de dónde estabas ». La risa del anciano forzaba las rasposas cuerdas vocales que apenas sonaban.

« Llamame Aldrich. No anciano, es ofensivo ».

Aldrich tomó de la muñeca del caballerizo e hizo a un lado el brazo.

« ¿Qué es ese trapo?, ¿y ese frasco? ». Preguntaba atento a los elementos que el hombre había traído consigo.

« ¿Tan nervioso está el gran caballerizo mayor?, esto te curará en un santiamén ».

Primero tomó de un frasco pequeño y vertió un líquido azul sobre la tela que tendió en su regazo. Pidió al caballerizo que se sentara dándole la espalda para que pudiera trabajar más cómodamente. Antes de proseguir le explicó « Deberás tomar de este brebaje mientras te curo, no es muy distinto al ron. ¿Has probado ron alguna vez? ». Agregó con sincera curiosidad.

« Hace mucho tiempo no me doy esos gustos, ¿Estás seguro que no es veneno? ». Sr. Arthur miró dos o tres veces el frasco con suma desconfianza.

Aquel pequeño recipiente contenía un líquido tan claro como el agua, pero que destapado despedía un fuerte aroma dulzor que se mezclaba con otras esencias desconocidas. Cuando emprendió a tomar de él, Aldrich apretó fuertemente la herida con el trapo, haciendo gritar al caballerizo del ardor que le perforaba la carne abierta de la herida. En aquella vociferación Sr. Arthur se ahogó en el brebaje ardiente que cayó sobre su ropa.

El forcejeo duró varios minutos, varios interminables minutos de dolor para el caballerizo. Pero todo se calmó cuando Sr. Arthur cayó dormido en el frio verde del pasto, con los ojos fijos en el vacío oscuro del bosque.

« Eres fuerte Arthur Collingwood, no esperaba que aguantas tanto el sedante ». Dijo el anciano Aldrich antes de apagar la antorcha que seguía encendida detrás de ellos.

Continuara…

El traidor, Parte1


En Cliff Harbor, el reino de las costas del sur, donde suelo era una sola placa de piedra y el viento se inundaba de la bruma del mar, Sr. Arthur, el caballerizo mayor de la cuadrilla real, preparaba su viaje junto a Pumpkin, su yegua de pelaje anaranjado.

El rey le había encomendado solo a él, matar al traidor, un caballerizo novato que habría de encontrarlo en las afueras del reino de Grassland.

Repitieron todos en el salón, a coro del rey aquel lema real que todos sabían recitar: <Soy el pastor y soy el lobo, cuando mis ovejas caminan las miro, cuando mis ovejas corren las calmo, pero cuando escapan las cazo>.

Sin tiempo que perder, el caballerizo partió con su yegua ensillada y con algunos bolsones con cosas para el viaje. El galopar de Pumpkin era rápido y su estado físico era único, esas eran las virtudes de ser la yegua del Sr. Arthur.

Emprendido el viaje, el hombre apaciguó la marcha de su yegua y revolviendo algunas cosas que llevaba al costado, sacó lo que parecía un mapa. A medio día pasaría por la bajada del Río Seco, y ya llegando a la noche estaría entrando al reino de Grassland. Dio un golpe en el muslo del caballo y comenzaron nuevamente a andar a toda prisa.

Pasando por la bajada hacia el río, el caballerizo vio a la distancia el cuerpo descompuesto de un caballo que llevaba puesto la montura distintiva de los jinetes de su cuadrilla. Avanzaron hasta quedar a unos metros del cadáver, las pesuñas de Pumpkin apenas se empaparon, y el hombre miró detenidamente en busca de alguna pista, pero no había nada que le pareciera relevante.

Al otro lado del río comenzaba la pradera, y en poco menos de una hora llegaron a un lago que parecía, no terminaba sino en el horizonte. No perdieron mucho más que algunos minutos, el caballerizo quería llegar cuanto antes al reino de Grassland.

Luego del descanso en el lago, el viaje había sido ininterrumpido hasta que el sol bajara y comenzara a iluminar el frío blanco de la luna.

Los bajos muros del reino de Grassland eran solo para molestar el paso, porque no servían de murallas de defensa. Las casas eran enanas, al parecer se construían metro y medio bajo tierra, y eso les ayudaba a resguardarse de las tormentas que llegaban del norte.

El grito de Pumpkin fue un chillar horrible, alarmó varios hombres que inmediatamente se comenzaron a acercar. Sr. Arthur se cayó al suelo, y la yegua se desplomó de costado.

Sobre el muslo izquierdo, el animal tenía incrustado un cuchillo pequeño, pero algo así no podía causarle tanto dolor a la yegua.

Desde las sombras y por entre los árboles, apareció una voz: <si te distraes no me atraparás.

El caballerizo sintió impotencia y aunque quiso atender a Pumpkin, sabía que si perdía mucho tiempo estaría desacatando la palabra de su rey.

Sr. Arthur masculló una maldición, y se incorporó dispuesto a seguir. Pero antes de dejar de lado a su amiga, perfiló su espada y dio un tajo limpio que dio final a Pumpkin.

Con su espada ensangrentada, caminó hacia el infinito oscuro del bosque de donde había escuchado aquella voz.

Continuará…

La envidia de la luna al sol


Hubo un hombre que se enamoró del amanecer,

que siempre subía a la terraza para esperar al alba,

y el sol siempre aparecía;

en verano más temprano,

en invierno más tarde.

Pero entonces la luna sintió envidia,

y aunque había quién disfrutaba del atardecer,

y quién gustaba del anochecer,

decidió interrumpir aquella mañana la salida del sol.

El cielo se vio oscuro,

la gran figura opaca se interpuso ante los rayos de luz,

fulgía de un borde rojizo,

y el hombre se vio preocupado,

pensó que nunca volvería a ver el sol,

pensó que había hecho mal,

y que aquello era una advertencia,

entonces volvió a su casa; pequeña, solitaria y apagada.

Poco después, el calor que pegaba en la espalda de la luna la hizo correr,

se sintió satisfecha y realizada.

Aquella noche el cielo se nubló y llovió con calma,

nadie salió afuera, y nadie vio regresar a la luna.

Cuando todos descansaron de la lluvia,

despertaron temprano, con energía, y con ganas de salir,

se abrieron las primeras puertas, y las primeras ventanas,

quienes seguían legañosos, se limpiaron y vieron allí salir al sol,

el sol irradiaba con fuerza,

tanto que achinó la vista de los espectadores,

y fue un día hermoso, simple y hermoso.

.

Nueva Historia #3


Fueron tres semanas en la casa de mi tía, y hasta me había olvidado de que tenía casa propia. Papá solo me llama los viernes a la noche, creo que tiene un recordatorio en el celular que le avisa al respecto. Me gustaría decir: – No me molesta que no se aparezca en toda la semana -Pero eso sería engañarme a mi mismo. Al menos tengo a mi primo, aunque no siempre está en la casa. Cuando la novia lo llama sale de apuro; hay veces que sale con los cordones de las zapatillas desatados.

Ayer a la noche, mientras hablaba con papá, me contó que su investigación estaba avanzando, y en cierto punto me alegró. Pero… bueno, no importa.

La tía siempre habla sobre que papá debería buscar una novia y dejar de trabajar tanto en esas investigaciones en las que está metido. No me lo dice a mi, pero yo la escucho cuando habla con sus amigas, y no me molesta.

Hoy es un día tranquilo, el cielo está despejado y solo algunos automóviles pasan por el frente. Es un lindo sábado. Nachi (el gato de mi tía), sigue recostado desde temprano lamiéndose de vez en cuando. Supongo que no se va a quedar ahí todo el día. Yo, por mi parte, a la tarde me junto con mi mejor amigo. Me pasan a buscar, su madre tiene el día libre y nos va a llevar a la playa. Aunque me gustaría pasar a buscar a casa alguna Bermuda, porque no traje en mi bolso.

Nueva Historia #2


En casa la gente iba y venia, como era de costumbre desde ya unos meses. Las investigaciones de papá eran exhaustivas, al punto tal, que me llegó a despojar de mi habitación para usarla de laboratorio.
Por supuesto que quien usaba mi cuarto para experimentar a las 2 a.m era Subash, y me daba cuenta por el sonido del bullicioso extractor que habían instalado días antes.
No pasó mucho hasta que mi tía Cata me llevó a su casa, era la hermana mayor de mi mamá. Al menos allí, no me despertaba de noche con ese bullicio a locomotora sobre la cabeza.
– Lleva tus cosas al cuarto de tus primos, después te preparo la cama.
Asentí con la cabeza y entre zancadas llegué a la habitación, y ni bien dejé apoyado mi mochila con la ropa que llevaba preparada, se me dio por preguntar por Elías, mi primo.
– Fue a comprar las cosas para comer.
La charla entre mi tía y yo, eran gritos a larga distancia, y no mucho más, porque me fui derecho a ver televisión.
Lo que más me gustaba de quedarme en la casa de mi tía eran los sillones que tenía en el living, justo en frente al televisor.

Nueva Historia #1


– Conozcos esa caras de que hicistes algos que no debías.
Subash no dejaba lugar a mis travesuras, ni siquiera tenía dos meces desde que llego de la India y ya sabía más de mí que yo mismo.
– ¿Qué?
No me dí muchas vueltas para pensar como zafar, aunque pude haber dicho algo más elaborado.
– Vamos, vetes a jugar a otro lados.
El español de Subash no era de lo mejor, y había veces que no me aguantaba la risa, esa fue la excepción. Me parecía que yo no le agradaba mucho.
La puerta del dormitorio se cerró detrás de mi y sí, escuché como la llave dio la vuelta completa.
Afuera llovía, no tenía mucho que hacer, hasta el perro estaba echado, un día así parecía poner a todos de poca gana.

Hoy escribo: “Del comienzo del Absoluto y de las hermanas del Lóbrego”


Erase el silencio en plenitud y nada más allá del infinito cual se encerraba para su propia existencia, de la que no era consiente, pero allí estaba; primitivo. El brillo de la luz y el contraste de la oscuridad se fundían en un inquebrantable fondo cual se sumergía en un manto sosegado. Me retrae a la idea de estar en el vientre de una madre que no supone que estoy allí, y que es su ignorancia yo no soy nadie, no existo. Nada podría entender el silencio cuál ocultaba el desorden de su vientre, aturdido en la confusión, esperando en secreto, pero ya no más. La afasia que sostenía, calmaba y recorría todo, se esfumó en cuanto un llanto se expandió con fuerza y separo la luz de la oscuridad así como el agua y el aceite también lo hacen. En un instante, todo quedó en completo desorden. Y a causa de aquel llanto, del silencio que cuidaban, despertaron las siete hermanas del Lóbrego, pero no dieron la cara, porque donde ellas habían estado pacientes hasta ese momento solo conocían la obscuridad, y quisieron enseñar al grito a callar, para volver a su lugar y seguir en su sueño eterno. Entre ellas solo conocían sus nombres, y allí estaba Unade, la más grande. Las hermanas se encargarían de devolver todo a cómo era antes. Entre todas podían comprender cual tarea debían cumplir, pues todas provenían del mismo vientre, de las sombras y del silencio. Aunque Unade era la más grande, Élidia era la más poderosa entre ellas. Tanto así que cuando se interponía sobre la voz, podía atenuar su rudeza. En la conciencia de las hermanas se había despertado una inquietud, algo que nunca hubieran sentido jamas, las distraía y las molestaba. Y la voz sólo lloraba y cada vez que le tapaban el llanto, se volvía más y más fuerte. De la conciencia de las hermanas sólo brotaba una última idea y desbordaba el infinito de sus cuerpos de malos pensamientos. La frustración y la impotencia les colmaron el ser, y del Lóbrego llamaron a las sombras. Fue Élidia quien  se comió a sus hermanas y a las sombras que acudieron a ella, y de ella despertó Ambart, la sombra eterna. Sus miles de ojos ciegos y sus miles de bocas mudas estaban llenos de furia. Ese sería el final y no dejaría rastro de la voz, la consumiría y en ella quedaría sólo silencio y oscuridad. Fue cuando estiró sus sombras como brazos interminables para envolver aquel ser que tanto la molestaba.

Y fue el silencio, pero no fue lo mismo. Ambart no volvió a ser la primera sombra como antes, algo había cambiado. De sus ojos cayeron lágrimas que flotaban en la oscuridad y se esparcía en el infinito. De sus bocas empezaron a salir sonidos y de ellas explotaban partículas que seguían a las lágrimas. El cuerpo amorfo de Ambart se retorcía y de ella se escapó un grito de dolor, y fue la primera vez que sintió aflicción. Su voz fue la más temible e imponente. Ambart se empezó a desarmar hasta que las siete aparecieron ahora con rostro, y aquel rostro pertenecía a un cuerpo, y ahora podía sentir, ver, gritar, oír y oler. Pero no sólo ellas aparecieron, ahora había un niño parado frente te a ellas y las miraba atento, y en cada parpadeo el niño crecía como si ellas estuvieran congeladas en el tiempo. Él podía saber que era lo que pensaban, él estaba en todo lo que ellas y aun mucho más. Cuando se movió, miró tan lejos que ninguna de las siete podía saber a qué estaba dirigiendo la mirada. Entonces hablo y ellas no pudieron decir nada. Cuando terminó, el fin de los tiempos y del espacio había fijado fecha y hasta su culminación, él sería quien tendría control de él mismo y de todo lo que existía. Sin embargo las seis hermanas no le entendían y querían volver a cómo era antes, pero sus cuerpos no eran libres de seguir sus ideas. Fue desde siempre su intención, acabar con el Absoluto y con todo lo que ya no era oscuridad, aunque no pudieran esconder sus intenciones, y desde ese entonces fueron y serán solo figuras esperando el final.

Los primeros hombres escribieron que en el cielo, cuando el sol se escondía al final de la tierra, solo siete estrellas brillaban. Pero esas estrellas cayeron de lo alto y en la estela de su viaje, dejaron pequeños rastros, miles de estrellas que no se borraban al pasar el tiempo. Y aunque los hombres murieran, ellas seguían allí expectantes de lo que pasara en la tierra.

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