Tarde lluviosa


Giré la llave media vuelta antes de forcejear con la puerta de madera. Rechinó en el roce con el marco aferrada por la humedad que le regaló una noche de tormenta.

El aire fresco de la mañana aligeró mi respiración y el jardín aún estaba allí, donde lo había dejado ayer. Con sus flores y sus arbustos, y un colibrí que suspendía su vuelo en un aleteo imperceptible, picando entre los pétalos que abrían en un degradado azul a violeta.

Una sola rosa en el rosal, sin espinas y sin color, mas que un pálido claro. El suelo cubierto con una cama de tréboles, todos de tres hojas, y la maleza que crecía al lado, que se estiraba.

Fuí caminando hasta donde las baldosas viejas, prensadas contra la tierra, hacían un camino sinuoso. Como estaba todo bien, dí la vuelta y regresé, el barro que dejó la lluvia seguía cubierto de agua. Por su parte, la huerta, que por suerte la separaba un escalón de lo demás en el jardín, no se ahogó.

Perfilé frente a la puerta y sentí en el pómulo una gota que pegó violentamente haciéndome pestañear y retirarme un paso hacia atrás. Con los ojos puestos en las nubes, más allá del parral que hacía de techo en un pasillo angosto entre la puerta y el jardín, aviste la tormenta que se aproximaba sobre mi.

Apresuré a entrar y sucedió lo previsible, un torrencial aguacero cayó golpeteando contra el suelo y salpicó hacia adentro obligándome a cerrar la puerta.

Esa tarde, me dormí escuchando la lluvia tras la ventana.

Imagen obtenida de Pixabay

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Hoy escribo #1


El viento sopla en tu contra y a mi favor, y la lluvia me abraza celosa del viento, yo escapo y me salen a buscar. Encuentro tu reparo, me miras de reojo pero no me das la cara, suspiras como si fuera alguien indeseado pero no pareces molestarte con mi presencia. No dijimos nada, porque no había que decir, sí cruzamos algunas sonrisas, simples, vagas, pero sanas y rato más, cerré los ojos. Creo que te desveló el saber que esa noche no irías a dormir con tus manos vacías, no me acuerdo de lo que fue, aunque en mis sueños sentí como tus manos eran tibias y estaban junto a las mías. Lo certero fue que el frío se olvido de nosotros, y la lluvia ahora busca ahogarme, siempre fue obstinada y lo que no puede ser de ella, dice no puede ser de nadie. Pero no le tengo mal en pensamiento, sí me gustaría ver el sol, pero ya es de mí, el ruido de las gotas que golpean mi ventana. Por otra parte, el viento ya mermó, no nos ha olvidado, cierto es. Y tu, conservas las manos tibias que soñé.