Tarde lluviosa


Giré la llave media vuelta antes de forcejear con la puerta de madera. Rechinó en el roce con el marco aferrada por la humedad que le regaló una noche de tormenta.

El aire fresco de la mañana aligeró mi respiración y el jardín aún estaba allí, donde lo había dejado ayer. Con sus flores y sus arbustos, y un colibrí que suspendía su vuelo en un aleteo imperceptible, picando entre los pétalos que abrían en un degradado azul a violeta.

Una sola rosa en el rosal, sin espinas y sin color, mas que un pálido claro. El suelo cubierto con una cama de tréboles, todos de tres hojas, y la maleza que crecía al lado, que se estiraba.

Fuí caminando hasta donde las baldosas viejas, prensadas contra la tierra, hacían un camino sinuoso. Como estaba todo bien, dí la vuelta y regresé, el barro que dejó la lluvia seguía cubierto de agua. Por su parte, la huerta, que por suerte la separaba un escalón de lo demás en el jardín, no se ahogó.

Perfilé frente a la puerta y sentí en el pómulo una gota que pegó violentamente haciéndome pestañear y retirarme un paso hacia atrás. Con los ojos puestos en las nubes, más allá del parral que hacía de techo en un pasillo angosto entre la puerta y el jardín, aviste la tormenta que se aproximaba sobre mi.

Apresuré a entrar y sucedió lo previsible, un torrencial aguacero cayó golpeteando contra el suelo y salpicó hacia adentro obligándome a cerrar la puerta.

Esa tarde, me dormí escuchando la lluvia tras la ventana.

Imagen obtenida de Pixabay

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Girasol


Sus raíces son mil brazos,
con fuerza se aferran a la tierra,
cuando crece el tallo,
busca el cielo,
pero nunca despega,
no se suelta,
sabe que los sueños son sueños,
y aunque anhela tocar el cielo,
entiende que ella vive de la tierra,
abre su flor,
brillan los pétalos de amarillo,
siempre mira al sol,
y aunque no esté de noche,
sabe que siempre volverá a aparecer,
con la esperanza de que mañana,
por el horizonte,
el sol,
aparezca.


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